Pequeñas Historias (I)

Pequeñas Historias (I)

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  • Fecha de creación 15 abril 2021
  • Última actualización 4 abril 2023

Esta es la segunda parte de Pequeñas historias que recogen los testimonios documentales respecto de lo que constituyó la vida cotidiana de Otavalo. Redactadas para una grata lectura, cada una de sus páginas deja lecciones de las gentes que lo poblaron, de sus acciones y desprendimientos en beneficio de la colectividad.

Estas historias son, a manera de un visor, que permite entender el entramado social y político de una sociedad enormemente severa en las formalidades sin que ello les signifique perder la grata vivencia familiar y comunitaria. Son historias que van formando, a manera de un rompecabezas el día a día de un grupo enlazado no solo por vínculos familiares sino, sobre todo, por un entrañable amor al lar nativo.

En estas vivencias está la esencia de lo que años más tarde se llamaría y se procuraría definir como la otavaleñidad.

Otavalo ejerció liderazgo sobre los demás pueblos. Sus gentes guerrearon para extenderse o para defenderse y si no se hubiesen arraigado tanto a esta tierra habrían desaparecido sea por invasión de otros ayllus o porque la propia naturaleza, en algunos momentos, también se rebelaba para no dejarse seducir por completo. Salvador de Madariaga decía que “los hombres no pueden tomar posesión de la tierra sin que la tierra tome posesión de los hombres”, para en metafórica expresión, darnos a entender la interacción profunda y fecunda que existe entre el ser y la tierra.

Por ello en Otavalo, es imposible definir dónde comienza la tierra y dónde termina el hombre. La tierra modeló al hombre y la amamantó pródigamente para que subsistiera y le endureció para que resistiera embates de extraños. El valle fértil, el horizonte abierto y la transparencia del agua sensibilizaron su espíritu. La tierra enseñó a ese hombre y a sus descendientes a que la amaran para siempre.

Ese hombre se asentó en este suelo para no irse jamás. Luchó cuando quisieron aniquilarle y terminó, siempre, imponiéndose al invasor. Fue más hábil que aquel, protegió su tierra, la veneró ceremonialmente, la respetó y enseñó a sus hijos y a los hijos de ellos a que hiciesen lo propio. Allí nació la otavaleñidad como el sentimiento adecuado para definir esa relación.

Por eso la otavaleñidad es la grata e íntima cualidad de ser parte de Otavalo, algo personal, consubstancial al ser.[...[ La otavaleñidad siempre deberá ser pasión, expresión sentida de un afecto y, por lo mismo, eclosión de un sentimiento, eco de un apasionamiento terral y humano. Por ello existirá mientras dure la dicotomía Ser-Otavalo y desaparecerá cuando una de las dos constantes deje de serlo. La otavaleñidad, como sentimiento, es cálida, cordial, íntima pero contagiante a la vez. Es un reencuentro del hombre con la parcela, de la conciencia con su recuerdo, del ritmo de las aspiraciones individuales con los anhelos comunitarios, Porque Otavalo es pueblo que busca su propio destino y los otavaleños los protagonistas de esa acción.

Autor: Fausto Jaramillo Cisneros